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Desubicado
Los ruidos son componente inseparable del contexto en cualquier lugar determinado. La calle tiene sus ruidos, las casas nos acogen con sus ruidos y el campo con los suyos.
Por ello, en cualquier oficina del distrito de San Isidro es natural que se perciba el run run de los autos y sus bocinas, alguna que otra alarma, ascensores cuyos timbres alertan llegadas y partidas, o voces que se pierden en las distancia.
Recientemente en la zona donde trabajo se rompió el esquema: Un mediodía lo escuche por primera vez, opacando los demás ruidos, se imponía un canto de tono grave que desafiaba todo lo urbano como burlándose: Desde alguna azotea venia nada menos que..…el cacareo de un pavo.
De alguna granja cercana han traído el animal a engordarlo para Navidad; alojado en techo vecino, desde la jaula repite y repite su voz durante todo el día.
Mi desconcierto es por tratarse de un ruido tan fuera de contexto.
Pasan, autos, aviones, la gente hace negocios de todo tipo, apuran sus computadoras, requintan por teléfono, mientras paralelamente el pavo nos descuadra con su cacareo.
Yo he conocido desde niño pavos que advertían tu llegada a corral o chacra ajena en tierrita de olores, también pavas que alzando sus alas atacan sin temor cuando uno se acerca a sus crías; pavos en fin, en su natural ambiente doméstico.
Por eso ahora que los vuelvo a escuchar, décadas después, me viene al recuerdo el fundo San Juan, al fondo el rió Pisco y mas atrás los inmensos cerros de arena. Y como un eco escucho el cacareo de pavos, gallinas y patos de los corralitos que detrás de sus casas, al borde de las sangraderas, los campesinos han armado en la ranchería pintada de blanco con el sello de haber sido fumigadas con DDT.
2do. Semestre 1989
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